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Me acuerdo de mi primer beso. No fue nada romántico pese a las expectativas creadas. Yo era un mozuelo imberbe que morboseaba con la posibilidad de besar a una chica y tocar su trasero e inclusive sus pechos (fantasías sexuales no solo de adolescente sino de adulto, común a la mayoría de varones, que aun teniendo pareja sexual estable, quisiéramos poseer a muchas más mujeres)…pero las cosas no se dieron así como con magia o mariposas en el estómago, no, fue más bien asunto de plancha y escondite. ¿Cómo es esto? Mi hermana mayor tenía una niñera, mestiza, opulenta, de pechos grandes y firmes, bellas pestañas y cejas, ojos indios, labios rosados y piernas torneadas (acostumbraba cuidar a mi sobrino y muchas veces lo hacía en falda), se llamaba Carmen Rosa. Se reía de mis niñerías (eso decía ella) pero conversábamos mucho. Un día jugando al escondite, ella se escondió en el cuarto de la plancha y yo la buscaba, andaba algo oscuro cuando al ir a mirar detrás de la puerta, tropecé con ella y quejamos muy juntos, sintiendo nuestras respectivas respiraciones (una rápida erección trataba de empujar su pubis como un latido permanente)…pero antes que todo eso, tenía miedo, mucho miedo…Ella me besó, introdujo su lengua dentro de mi boca, estrujó mis labios…yo me quedé estático, no siquiera la abracé o intenté mover mi boca…no supe que hacer en ese instante…solo se que unos días después ella se iba del pueblo hacia la gran ciudad y hasta el sol de hoy no se que ha sido de su vida. Carmen Rosa, mi primer beso, mi primer acercamiento carnal y directo a una mujer.

Ver: ella, con una negra