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Angela Marina era una mestiza de cabello negro, ojos color ala de cuervo, piel tersa y suave, mediana estatura, delgada y joven. La conocí gracias a mi mejor amigo de la época. Era una mujer generalmente callada frente a desconocidos y difícil de abordar en primera instancia. Nos la encontramos junto al parque cuando iba presurosa rumbo a su casa. La invitamos a una copa, nos acompañó. Luego del formalismo de rigor, se empezó a soltar, a conversar sobre tópicos bien interesantes. Pasaba con una facilidad pasmosa (y conocía muy bien lo que decía) sobre la Europa League o sobre Karl Popper. Hablabámos y hablábamos. En un par de ocasiones la invité a bailar, le gustaba la salsa (algo que a mí no me salía muy bien) y parecía un trompo, bailaba con una energía y gracia impresionante. Pasaban las horas, mi amigo tuvo que irse y me quede con Angela Marina allí tomandonos un vino delicioso, dialogando sobre la vida y la muerte.Me dijo que sobre las 11 de la noche debería estar en casa (vivía con sus padres). No hay problema, le dije, yo te acompaño. La dejé en la puerta de su casa, me dio un beso lento en la mejilla, dejándome un cosquilleo en la columna vertebral y un número telefónico en el bolsillo. Un par de veces pude hablar con ella luego no supe mas de su existencia. La vida la puso a girar en sus revoluciones y la envió muy lejos según supe después. 20 años después de este encuentro, supe que había fallecido en un accidente en alta mar, cuando su velero sufrió un accidente y se ahogó junto a dos de sus acompañantes.

Angela Marina, tu nombre retruena en mis oídos pese a los calendarios y las ausencias.