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Volvía al circo. Hacía más de 8 años no lo hacía. Mi hijo, ya todo un pre- adolescente decidió ir conmigo. Viéndolo radiante y feliz, relajado, llegué a la conclusión que todas esas salidas forzadas a circos, cines, parques y atracciones antes de los 3-4 años, por mucho que les aporte, no les deja recuerdos memorables en general a nuestros hijos. Largas filas para ingresar, compra de comestibles fuera de la carpa puesto que adentro los precios son prohibitivos, pisones por doquier, empujones y por fín, dentro del circo. 2.500 potenciales espectadores, mucha incredulidad a nivel personal como adulto respecto a la calidad del espectáculo…comienzo del show. Circo argentino. Así dice llamarse. Unos tipos en unos trapecios (estábamos tan cerca) que no hacía sino imaginarme a esos señores caídos y por fuera de la red; las señoras emocionadas porque uno de los trapecistas llevaba puesto algo así como unas brasileñas o hilo dental que le dejaba al descubierto los glúteos en cada una de sus peripecias. Buenos payasos. Garotas (lástima el espectáculo tan breve), mentalismo cómico….

Volver al circo, es como una afirmación de que nos hicimos mayores y nos resistimos al olvido, al querer borrar con agua nuestras memorias más queridas. Los circos son ese antepasado de los programas de televisión de entretenimiento, se resisten a morir y en cualquier potrero de nuestras ciudades, se ubica con sus cables, luces y sonrisas. Los baldíos dentro de las ciudades, se acaban, pronto deberán radicarse en las periferias. Y su clientela cada vez posiblemente, sea marginal.

La magia del circo, con el paso del tiempo dejará su encanto, tanto com o la radio tradicional. Nos dejaremos encandilar con los rafagazos de internet interactivo, televisión de alta definición y semejantes.

Al circo, a los circos todos, un aplauso y una sonrisa, por haber cimentado muchos buenos recuerdos en nosotros los sujetos e individuos de mediana edad. Pronto quizás, esto sea algo pasado de moda o pieza de museo.