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Mi amante solicitó un masaje sensual, que gustoso accedí a darselo, primero con una pluma de ave y luego con la yema de los dedos y aceite perfumado. No había ninguna prisa, así que la acaricio despacio y concienzudamente. Sus gemidos confirman el gusto que está experimentando. Se retuerce y vibra de pasión, transmitiendo energía orgásmica con todo su cuerpo. Y eso que solo había masajeado su yoni (vagina en lenguaje tántrico) una o dos veces con la punta de mis dedos.

La musica pertinente contribuye a que el ambiente sea de lo más y lujurioso posible. Continué el masaje mucho tiempo después de su última solicitud de más. Ahora me toca, espetó. ¿Cómo negarse?

Caricias, cosquillas, arte lento y cadencioso que me hacían retorcer y casi gritar al mismo tiempo. Estamos entregados al ritual sagrado sempiterno.

Cuando puso su boca sobre vajra (término tántrico alusivo al pene), suspuse que iba a lamer sutilmente su superficie, pero para el amante tántrico las simas de placer cada vez son más profundas. La excitación abría nuestros sentidos y nos precipitó a un sonoro orgasmo.