El fin de la vida es, de acuerdo con los teóricos de la evolución, que los organismos transfieran copias de sus genes a las generaciones subsiguientes. Como quien dice, el fin de la vida es reproducirnos de lo lindo, tirar a más no poder y dejar herederos. Eso en cuanto aspecto biológico. Culturalmente uno se fija metas más altas y altruístas, hobbies y pasiones por encima de los aspectos evolutivos concretos, de tal forma que no hagamos como nuestros progenitores que legaron cantidad de hijos a la posteridad.

Sigamos hablando en el plano animal. Muchas animales , como las cucarachas, engendran cantidades de descendientes, con la recóndita “esperanza” de que algunos sobrevivan (y vaya si lo han hecho, desde el tiempo de los dinosaurios hasta ahora; es más, se supone que en caso de conflicto nuclear, ellas sobrevivirían). Otros, como los elefantes y los mismos seres humanos, tienen menos descendientes, pero los colman de atenciones. O sea que el cariño es una forma de impulsar la supervivencia del otro.

En las especies monógamas, si el padre está seguro de que un hijo es suyo hasta coopera con la madre, le echa una ayudadita en el proceso de crianza; en las especies poligámicas (¿nosotros no estamos ahí?), como los orangutanes o nuestros antepasados evolutivos. Los varones de nuestros ascendientes biológicos deseaban que su prole sobreviviera a toda costa, inclusive la salud de la madre o su fecundidad posterior o futura. Eso es instintivo. Pero las hembras desean que sus crios sobrevivan, pero no a riesgo de su fecundidad, eso es tan bueno que hay que seguir jerciéndolo y disfrutándolo. Resulta llamativo el caso de la drosophila (mosca de las frutas), que en lugar de envejecer junto a un cónyugue único, busca múltiples parejas y no vuelve a copular con la misma.

¿Cual es el fin de su vida?

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