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El papa y la crisis mundial es un relato sobre escenarios muy vigentes; como comprenderán el título es artificial pero no por ello menos real:
“…Usted conoce las circunstancias de mi elección. Mi predecesor, que centró su acción en lo social logró completar con éxito la misión que se había fijado. Reforzó a la vez la centralización de la Iglesia y la disciplina y restauró la línea dogmática tradicional. Su enorme encanto personal —magnetismo propio de un gran actor— ocultó por mucho tiempo el hecho de que sus actitudes eran esencialmente rigoristas. Al envejecer se fue tornando cada vez más intolerante, menos y menos abierto a los argumentos que le parecían ajenos. Se veía a sí mismo como el Instrumento de Dios, encargado de destruir a las fuerzas de la impiedad. Era difícil convencerlo de que, a menos que ocurriera un milagro, todos los hombres —creyentes o incrédulos por igual— estaban condenados a desaparecer. Habíamos llegado a la última década del siglo y con ella a sólo unos pasos de la guerra nuclear. Cuando asumí el cargo —elección que fue el resultado de un compromiso después de un Cónclave que duró seis días— me sentí aterrado ante la perspectiva de lo que esperaba a la raza humana.
“No necesito leerle el texto apocalíptico tan claramente impreso en el mundo de hoy, el angustioso clamor del Tercer Mundo oscilando al borde de la total inanición, el permanente riesgo de colapso económico de los países occidentales, el creciente costo de la energía, la loca y salvaje carrera armamentista, la tentación de los militaristas de llevar a cabo su última y más demente jugada, cuando aún les es posible calcular las consecuencias de sus apuestas. Para mí, sin embargo, lo más espantoso dentro de este cuadro era la atmósfera de reprimida desesperación prevaleciente entre los líderes mundiales, la sensación oficial de impotencia, la extraña y atávica regresión hacia una visión mágica del universo.
“Usted y yo hemos discutido muy a menudo la proliferación de los cultos nuevos y su manipulación en provecho del dinero y del poder. Hemos presenciado asimismo la explosión de estos fanatismos en las antiguas religiones. Algunos de nuestros fanáticos particulares deseaban que yo proclamara un Año Mariano y que lanzara un llamado para una vasta movilización de masas en peregrinaciones a todos los santuarios de la Virgen a través del mundo. Les contesté que jamás haría nada semejante. Lo último que necesitamos es el estallido de un pánico de los mojigatos.
“Creo que el mejor servicio que actualmente puede ofrecer la Iglesia es el de la mediación fundada en la razón y en la caridad para con todos. Esa es, por lo demás, la tarea para la cual yo, como pontífice, me sentía más apto y en consecuencia, más llamado a realizar. Por eso hice saber que, en aras de la paz, estaba dispuesto a ir donde fuera y a recibir a quien fuera, pero tratando al mismo tiempo de dejar muy en claro que no poseía ninguna fórmula mágica capaz de resolver problemas ni tampoco ninguna ilusión sobre los alcances de mi propio poder. Conozco demasiado bien la mortal inercia de las instituciones, la locura que matemáticamente lleva a los hombres a pelear a muerte entre sí sobre la más sencilla ecuación de cualquier compromiso. Me dije a mí mismo y traté de convencer de ello a los líderes de las naciones que aun un solo año de respiro antes del advenimiento de Armageddon constituía de por sí una victoria. Pero no obstante el temor de un inminente holocausto me perseguía noche y día, socavando mis reservas de valor y de confianza…”Eran las nueve de la mañana de un día claro y soleado, y me hallaba sentado en un banco de piedra en el jardín del claustro. Un poco más allá un monje preparaba tierra en unos tiestos destinados a recibir flores. Me sentía bien, relajado y plácido. Comencé a leer el capítulo catorce del Evangelio de San Juan que el abad había propuesto como tema para la meditación de aquel día. Usted recuerda la forma en que comienza este capítulo, con el discurso del Señor en la Ultima Cena: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en Mí…” El texto mismo, reconfortante, consolador, pleno de seguridades, calmaba con mi estado de ánimo. Cuando llegué al versículo:
“y el que me ame será amado de mi Padre…”
Cerré el libro y levanté la vista.
“A mi alrededor, todo había cambiado. El monasterio, el jardín, el monje que trabajaba habían desaparecido y yo me encontraba solo en una alta y estéril cumbre cercada por negras montañas cuyo perfil se destacaba, desigual y nítido, sobre la lobreguez del cielo. Todo el lugar se hallaba sumido en un silencio de tumba. No sentí temor sino un terrible vacío como si me hubieran abandonado a la intemperie, como si algo hubiera socavado el meollo de mi ser dejando tan solo la cáscara. Y supe entonces, sin lugar a dudas, que estaba presenciando las consecuencias de la última locura del hombre: un planeta muerto. No encuentro palabras adecuadas para describirle lo que ocurrió en -seguida. Fue como si súbitamente un enorme incendio hubiera estallado dentro de mí, como si hubiera sido cogido en un furioso torbellino y proyectado, fuera de toda dimensión humana, hacia el centro de una luz insostenible. La luz era una voz y la voz era una luz y todo mi ser pareció impregnarse del mensaje de esa voz y de esa luz. Era el final de todo, el comienzo mismo de todo: punto omega del tiempo, punto alfa de la eternidad. Habían dejado de existir los símbolos para dar paso a la existencia de la pura, simple y única Realidad. Se habían cumplido todas las profecías. El orden había surgido del caos y la última verdad se había hecho patente. En un momento de exquisita agonía comprendí que debía anunciar este acontecimiento, que debía preparar al mundo para su advenimiento. Había sido llamado para proclamar que los últimos días estaban próximos y que la humanidad debía aprontarse para la Parusía: es decir para la Segunda Venida del Señor Jesús.
“Y justo en el momento en que sentí que aquella agonía estaba a punto de explotar en mí, destruyéndome, todo terminó. Y me encontré de regreso en el jardín del claustro. El monje seguía trabajando en la tierra destinada a sus rosas, el Nuevo Testamento reposaba sobre mis rodillas, abierto en el Capítulo veinticuatro de San Mateo “porque como el relámpago sale por oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre,..” ¿Accidente o destino? No lo sé y creo que ya no tiene importancia.
“Y esto es Carl, lo que ha ocurrido, dicho en las palabras más claras y cercanas a mi visión que he podido encontrar, para el amigo más próximo a mi corazón. Cuando a mi regreso a Roma intenté explicar a mis colegas lo que había sucedido, vi en sus rostros el impacto que mis palabras producían: ¿Un papa con revelaciones privadas? ¿Un precursor de la Segunda Venida del Señor? ¡Locura! La última y más explosiva sinrazón. Yo me había transformado en una bomba de tiempo que había que desconectar tan pronto como fuera posible. Y sin embargo así como no me era posible cambiar el color de mis ojos, tampoco me era posible cambiar lo que había ocurrido, que había quedado para siempre impreso en cada fibra de mí ser del mismo modo y con tanta fuerza como la huella genética dejada en mí por mis padres. Me sentía impelido a hablar de ello, condenado a anunciar lo que había visto a un mundo que se precipitaba, sin rumbo, hacia su extinción.
“Comencé entonces a trabajar en la preparación de una Encíclica, una Carta a la Iglesia Universal. El texto se iniciaba con estas palabras: “In his ultimis annis fatalibus…”. En estos últimos y fatales días del milenio… Mi secretario encontró sobre mi escritorio el borrador, lo fotografió secretamente y distribuyó copias de su descubrimiento entre los miembros de la Curia. Todos quedaron horrorizados. Se dedicaron entonces —separadamente y en conjunto— a urgirme para que suprimiera el documento. Cuando rehusé hacerlo pusieron sitio a mis habitaciones y bloquearon todas mis comunicaciones con el mundo exterior. Luego citaron a una reunión de emergencia del Sacro Colegio y convocaron al Vaticano a un grupo de médicos y psiquiatras para que examinaran mi estado mental y de esta manera iniciaron el curso de los acontecimientos que culminaron en mi abdicación.”[i]
Leer también: EL CASTIGO DE LA CIUDAD

[i]
Texto tomado de la novela de Morris West , titulada Los Bufones de Dios (The Clowns of God)