Eterna Ana (Anna örök).

Iban, venían años. Fuiste quedando/ muy atrás, en mis recuerdos; tu retrato/ se borró de mi pecho; se fue esfumando/ el arco de tus hombros, se fue apagando/ tu voz, y ya no pude seguirte más/ a lo hondo de la selva de la vida.
Hoy pronuncio tu nombre sin sobresaltos.
Hoy no me estremezco si toco tus manos.
Hoy ya sé lo que fuiste: una entre tantas.
La juventud es una fiebre que acaba/ al fin. Ah, corazón mío, sin embargo/ no pienses que aquel amor fue en vano; / oh, no pienses que pasó sin dejar marcas.
Porque tú sobrevives en mis corbatas/ mal anudadas y en todas mis palabras/ torpes y en mis cartas destruidas. Ana, / tú sobrevives en mi vida fallida/ y en ella reinarás para siempre. Amén.[1]
Ver también: Ya lo he olvidado
[1] Poema de Gyula Juhász (1883-1937), versión de Luis Rogelio Nogueras.