A COLÓN[1]
¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América, / tu india virgen y hermosa de sangre cálida, / la perla de tus sueños, es una histérica / de convulsivos nervios y frente pálida.
Un desastroso espíritu posee tu tierra; / donde la tribu unida blandió sus mazas, / hoy se enciende entre hermanos perpetua guerra, / se hieren y destrozan las mismas razas.
Al ídolo de piedra remplaza ahora / el ídolo de carne que se entroniza, / y cada día alumbra la blanca aurora / en los campos fraternos sangre y ceniza.
Desdeñando a los reyes nos dimos leyes / al son de los cañones y los clarines, / y hoy el favor siniestro de negros beyes / fraternizan los Judas con los Caínes.
Bebiendo la esparcida savia francesa / con nuestra boca indígena semi-española, / día a día cantamos la Marsellesa / para acabar danzando la Carmañola.
Las ambiciones pérfidas no tienen diques, / soñadas libertades yacen deshechas.
¡Eso no hicieron nunca nuestros Caciques, / a quienes las montañas daban las flechas!
Ellos eran soberbios, leales y francos, / ceñidas las cabezas de raras plumas; / ¡Ojala hubieran sido los hombres blancos / como los Atahualpas y Moctezumas!
Cuando en vientre de América cayó semilla / de la raza de hierro que fue de España, / mezcló su fuerza heroica la gran Castilla / con la fuerza del indio de la montaña.
¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas / no reflejaran nunca las blancas velas; / ni vieran las estrellas estupefactas / arribar a la orilla tus carabelas!
Libres como las águilas, vieran los montes / pasar los aborígenes por los boscajes, / persiguiendo los pumas y los bisontes / con el dardo certero de sus carcajes.
Que más valiera el jefe rudo y bizarro / que el soldado que en fango sus glorias finca, / que ha hecho gemir al Zipa bajo su carro / o temblar las heladas momias del Inca.
La cruz que nos llevaste padece mengua; / y tras encanalladas revoluciones, / la canalla escritora mancha la lengua / que escribieron Cervantes y Calderones.
Cristo va por las calles flaco y enclenque, / Barrabás tiene esclavos y charreteras, / y las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque / han visto engalonadas a las panteras.
Duelos, espanto, guerra, fiebre constante / en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, Pobre Almirante, / ruega a Dios por el mundo que descubriste![2]
[1] Poema de Rubén Darío, tomado de su libro “El Canto Errante”, Madrid, 1907.
[2] Véase también: Poemas a Cristobal Colon