SALUTACION A LEONARDO[1]
Maestro: Pomona levanta su cesto. Tu estirpe / saluda la Aurora. ¡Tu aurora! Que extirpe / de la indiferencia la mancha; que gaste / la dura cadena de siglos; que aplaste /al sapo la piedra de su honda.

Sonrisa más dulce no sabe Gioconda / El verso su ala y el ritmo su onda/ hermanan en una / dulzura de luna/ que suave resbala/ (el ritmo de la onda y el verso del ala / del mágico Cisne sobre la laguna)/ sobre la laguna.

Y así, soberano maestro/ del estro, / las vagas figuras / del sueño, se encarnan en líneas tan puras que el sueño / recibe la sangre del mundo mortal, / y Psiquis consigue su empeño / de ser advertida a través del terrestre cristal.

(Los bufones / que hacen sonreír a Monna Lisa / saben canciones / que ha tiempo en los bosques de Grecia decía la risa / de la brisa.)

Pasa su Eminencia.
Como flor o pecado en su traje / rojo; / como flor o pecado, o conciencia / de sutil monseñor que a su paje/ mira con vago recelo o enojo.
Nápoles deja a la abeja de oro / hacer su miel / en su fiesta de azul; y el sonoro /bandolín y el laurel /nos anuncian Florencia.
Maestro, si allá en Roma / quema el sol de Segor y Sodoma/ la amarga ciencia / de purpúreas banderas, tu gesto / las palmas nos da redimidas, / bajo los arcos /de tu genio; San Marcos / y Partenón de luces y líneas y vidas.
(Tus bufones/ que hacen la risa / de Monna Lisa / saben tan antiguas canciones.)

Los leones de Asuero / junto al trono para recibirte, / mientras sonríe el divino Monarca; /pero / hallarás la sirte, / la sirte para tu barca, / si partís en la lírica barca / con tu Gioconda…
La onda / y el viento / saben la tempestad para tu cargamento.

¡Maestro!
Pero tú en cabalgar y domar fuiste diestro, / pasiones e ilusiones; / a unas con el freno, a otras con el cabestro / las domaste, cebras o leones.
Y en la selva del Sol, prisionera / tuviste la fiera / de la luz; y esa loca fue casta / cuando dijiste: «Basta.»
Seis meses maceraste tu Ester en tus aromas.
De tus techos reales volaron las palomas.
Por tu cetro y tu gracia sensitiva, / por tu copa de oro en que sueñan las rosas, /en mi ciudad, que es tu cautiva, / tengo un jardín de mármol y de piedras preciosas / que custodia una esfinge viva.
[1] Poema de Rubén Darío, que hace parte a su vez del gran poema “Cantos de vida y Esperanza”. Tomado del libro, Cantos de vida y Esperanza, los cisnes y otros poemas, Madrid, 1905.