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Que los cronistas me llamen pobre y desconocido, / es cosa de palabras; / que las mujeres me digan tuerto y sifilítico, / es cosa de este ojo y de estas bubas.
Halléme en la toma y conquista de esta ciudad de México, / aunque nadie me vio a mí a caballo ni en barco.
Conozco como nadie los caminos torcidos del Nuevo Mundo, / los del agua y la tierra, pero más los del hombre, / que los lleva en el pecho.
Hernán Cortés, compañero de historias, / me confió el orden de las batallas / y tendí emboscadas a los enemigos y a los amigos.
El obispo de México, experto en brujas navarras, / quiso casarme con una de mis mujeres naturales, / y me oculté con todas cabe el volcán humeante.
Sediento de oro y sangre, quemé templos y maté mexicanos; / mas, canoso y contrito, edifiqué iglesias / y repartí mi imagen en facciones morenas.
Yo les traje viruelas, que pasan de hombre a hombre; / ellas me dieron el mal de las Indias, que va de cuerpo en cuerpo.
Como un azteca comí carne y bebí sangre de esclavos /en mesas de piedra y en altares al dios zurdo.
Este tizne que cubre mis llagas / y este pelo negro sobre la cintura hedionda /son la causa del repudio de los pobladores, / muy devotos cristianos y prósperos encomenderos.
Pero quién de entre nosotros que presencia ahora sacrificios humanos / no oyó en las plazas de España aullar a los herejes /condenados al fuego en nombre de la Iglesia.
Quién, para deleite de su propio corazón, / no arrancó con palabras y manos corazones ajenos.
Que los cronistas me olviden, / es cosa de mi polvo.

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[1] Poema/ relato de Homero Aridjis, tomado de su libro, Nueva Expulsión del paraíso (1990).