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HAY VIEJOS[1] que llevan en sus caras una especie de tristeza, parecida a la que a veces flota como un aura sobre una colina o un valle por cierto efecto de la luz, por una nublazón de la tarde o por una melancolía de la materia. Sus ojos revelan un humor misterioso, y si se les pregunta qué les pasa o qué sienten, contestan que están un poco nostálgicos por los achaques de su edad o por su condición de viejos, pero se asustarían si se les mostrara en un espejo el tamaño de su desolación.
Otros ancianos mantienen en sus rostros una expresión de limbo, y las palabras y los actos parecen no perturbarlos, habiendo olvidado ya los nombres de sus padres, sus propios nombres y sus edades, como si por una relajada languidez dejaran su ser irse borrando en una entrega gradual de su vida a la muerte.
Ver también: poema para mi abuelo, invisibles<
[1] Relato o narración de Homero Aridjis, tomado de su libro De El Poeta niño (1971).