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El dios Neftis temblando sacudía los mundos; / fue cuando Isis, la madre, levantose del lecho, /miró llena de odio a su bárbaro esposo / y el ardor de otro tiempo brilló en sus ojos verdes.
«Vedle aquí», dijo «muere ese viejo perverso, / con perennes escarchas habitando su boca, / atad su pie deforme, apagad su ojo bizco, / dios de todo volcán y rey de los inviernos.
Ha pasado ya el águila, llámame un nuevo espíritu, / para él visto la túnica de la diosa Cibeles…
¡Hijo de Hermes y Osiris, bienamado de ellos!»
Luego huyó la deidad en su concha dorada, / el mar nos devolvía su venerada imagen, / y los cielos brillaban bajo aquel chal de Iris.[1]
Véase Tebas mitologia, Escuela teológica heliopolitana, Escuela teológica hermopolitana
[1] Poema de Gérard de Nerval (1808-1855)