Todavía hoy recuerdo sus aretes de oro, / círculos de fulgores, rozando sus mejillas/ -¡era tanto su ardor al cambiar de posiciones!-/ mientras que su meneo, rítmico en el comienzo, / al galope después, en perlas convertía las gotas de sudor que su piel constelaban.[1]
Ver también: sus pechos
[1] Poema (epigrama) de Bilhana, en traducción de Octavio Paz.