HOMENAJE A BALBOA[1]
Descubridor, el ancho mar, mi espuma, / latitud de la luna, / imperio del agua, / después de siglos te habla por boca mía.
Tu plenitud llegó antes de la muerte.
Elevaste hasta el cielo la fatiga, / y de la dura noche de los árboles/ te condujo el sudor hasta la orilla/ de la suma del mar, del gran océano.
En tu mirada se hizo el matrimonio/ de la luz extendida y del pequeño/ corazón del hombre, se llenó una copa/ antes no levantada, una semilla/ de relámpagos llegó contigo/ y un trueno torrencial llenó la tierra.
Balboa, capitán, qué diminuta/ tu mano en visera, misterioso/ muñeco de la sal descubridora, / novio de la oceánica dulzura, / hijo del nuevo útero del mundo.
Por tus ojos entró como un galope/ de azahares el olor oscuro/ de la robada majestad marina, / cayó en tu sangre una aurora arrogante/ hasta poblarte el alma, poseído!
Cuando volviste a las hurañas tierras, / sonámbulo del mar, capitán verde/ eras un muerto que esperaba/ la tierra para recibir tus huesos.
Novio mortal, la traición cumplía.
No en balde por la historia/ entraba el crimen pisoteando, el halcón devoraba/ su nido, y se reunían las serpientes/ atacándose con lenguas de oro.
Entraste en el crepúsculo frenético/ y los perdidos pasos que llevabas, / aún empapado por las profundidades, / vestido de fulgor y desposado/ por la mayor espuma, te traían/ a las orillas de otro mar: la muerte.
[1] Poema de Pablo Neruda, Canto General Editorial Bruguera S. A., 1980, Barcelona, páginas 48-49