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Hay en Judea un mar que la Escritura
Ha llamado Mar muerto:
Sus aguas saturadas de amargura,
Cual ningún otro mar, no dan asilo
Ni al inocente pez, ni al cocodrilo:
Son un hondo desierto,
Y el huracán apenas las remueve,
Porque es para ellas demasiado leve.
Al fondo de ese mar yacen Gomorra,
Sodoma, Zeboín, Adam y Bala,
Como en inmensa sepulcral mazmorra;
Ninguna nave allí su quilla cala,
Y el triste peregrino
Que se acerca a su orilla pavorosa,
Lanzan un grito de horror, y su camino
Desanda con carrera presurosa.
¡Ay! Ese mar soy yo: mis ilusiones
Y mis placeres, son esas ciudades,
Que en su justicia Dios volvió carbones,
En pena de sus muchas liviandades.
Ninguna idea por mi mente cruza,
Pues todas las rehúsa;
Ni al bien ni al mal doy en mí ser sustento,
Y ni aun el vendaval de las pasiones
Turba este inexorable abatimiento.[1]
Ver también: Manuscritos del mar muerto
[1] Egregio Poema de Rafael Nuñez.