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Este cuento sobre Colombia da una idea cercana a extraños y locales, lo que puede ser nuestra democracia diaria.

Antesala.

Son las cuatro y treinta de la madrugada; el radio reloj comienza a ronronear noticias. Como vivimos en un país que es regido por tres gobiernos diferentes, es útil conocer qué dice cada uno de ellos; el que manda la guerra y presume por la ayuda que recibe de un imperio cercano; el que gobierna en las extensas cordilleras, proclama sus victorias guerreras y advierte con sangrientos ejemplos cuál será el final de su osados detractores; el que domina el norte, busca afianzar sus dominios territoriales a pesar de la airada protesta de sus aguerridos pobladores, condenados a la voladura de sus pueblos, casas y cuerpos.
Hay epidemia de inconformismo, pero el miedo mutila los lamentos. La gente enloquece entre autos y muros en arreglo permanente y sin lógica planeación. Pronto entrenaremos un sistema multitudinario de transporte: más rostros angustiados convivirán entre inmensas jaulas que correrán lánguidamente a lo largo y ancho de la monstruosa ciudad. Muchos optarán por el suicidio en este hábitat de desamor, venganza y odio; el egoísmo domina el orbe citadino; somos millones de seres sin rumbo ni esperanza.
Son las seis de la mañana, hora de colocarnos la careta laboral y de continuar soportando el chantaje de la crisis en la que nos sumieron nuestros dirigentes desde el principio de la mal llamada independencia.
Los diarios ofrecidos en tiendas y calles, hablarán como ayer de masacres, reinados, impuestos, fútbol, corrupción y promesas políticas.
Será otro día de decepciones y ostracismos, mientras contemplamos y sentimos en nuestro cuerpo la intermitente lluvia.
Nací como otros aquí, y aquí me quedo, en la antesala del infierno.[1]
[1] Cuento de Fernando A. Cely H.