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Cortés.
Cortés no tiene pueblo, es rayo frío, / corazón muerto en la armadura.
«Feraces tierras, mi señor y Rey, / templos en que el oro, cuajado/ está por manos del indio.»
Y avanza hundiendo puñales, golpeando/ las tierras bajas, las piafantes/ cordilleras de los perfumes, /parando su tropa entre orquídeas/ y coronaciones de pinos, /atropellando los jazmines, /hasta las puertas de Tlaxcala.
(Hermano aterrado, no tomes/ como amigo al buitre rosado: / desde el musgo te hablo, desde las raíces de nuestro reino.
Va a llover sangre mañana, las lágrimas serán capaces/ de formar niebla, vapor, ríos, / hasta que derritas los ojos.)
Cortés recibe una paloma, / recibe un faisán, una cítara/ de los músicos del monarca, / pero quiere la cámara del oro, quiere otro paso, y todo cae/ en las arcas de los voraces.
El rey se asoma a los balcones:
«Es mi hermano», dice. Las piedras/ del pueblo vuelan contestando, / y Cortés afila puñales/ sobre los besos traicionados.
Vuelve a Tlaxcala, el viento ha traído/ un sordo rumor de dolores.[1]<
Temas afines: Hernán Cortés.
[1] Poema de Pablo Neruda, Canto General Editorial Bruguera S. A., 1980, Barcelona, páginas 43-44.