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UNA VISITA A IVÁN SERGUEVICH
A la memoria de Iván Serguevich Turgeniev

1
Iván Serguevich por fin ha vuelto a casa.
No es a la casa señorial de otros días
Sino a la más pequeña: Iván Serguevich
No quiere molestar a sus criados.
Ahora dobla el cuerpo inmenso
En la menuda sombra de la estancia
Sobre sus libros y papeles, poniéndolos en orden:
Sus manos grandes, finas,
Conocen bien las medidas del mundo
Lo mismo en la disposición de un saloncillo
Al mejor gusto francés que en el dibujo
De unos campos sembrados o en la exacta,
Delicadísima osamenta
De sus propias criaturas: saben
Las proporciones justas del amor.
2
En esto es que nosotros entramos.
Somos de sitios muy diversos: del Norte
Al negro tópico, del sol
A las tinieblas: simples amigos del gigante
Que sigue ocupándose de sus cosas
-aquí un lápiz, allá un recuerdo-
Sin percatarse, no, de que haya entrado
El menor ruido posible: cruzamos
Como increadas sombras a su espalda
Y si acaso nos crujen los zapatos
Parece, nada más, como el crujir del tiempo.
Como el crujir del tiempo, nada más.
3
Pero la joven que lo sabe todo
-los sabores y aromas preferidos,
Los roces del sofá y el vuelo
Militar de la cortina- esa joven
Alza la voz de pronto. Entre las listas
De verde tierno en la pared nos deslizamos
Para no perturbar a Iván Serguevich.
Pero es inútil: él ha oído
Vibrar la voz enamorada
Desde el umbral lejano de los días
Y se yergue perplejo: sólo
El aire huraño de la estufa
Responde a su mirada. Entonces
Sueña que canta entre los tilos
La imaginaria, la salvaje alondra
De la nostalgia. Y sonriendo
Vuelve a sus cosas, mientras
Nosotros nos perdemos en la música
Remota y casta del amor.[1]
[1] Poema de Eliseo Diego.