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Gustavo Adolfo Quesada Profesor Universidad INCCA de Colombia[1]
Ninguna de mis explicaciones será satisfactoria. Bien puedo callarme y reírme desde mis adentros, puesto que ustedes ya formaron sus juicios y sé, les conozco bastante bien, que son rígidos, inapelables e inmodificables. Pero, algo me dice, sobre todo la preocupación por las futuras generaciones, que debo sustentar mi decisión, con el máximo de lucidez y precisión, no vaya y por mi silencio los jóvenes terminen creyéndoles a ustedes y, como es de esperar, su conducta se adapte a sus normas, con grave daño para ellos mismos y para toda la vida social.
Pues bien: amo las putas. No hay nada que me produzca más placer y más dicha de vivir que acudir a los prostíbulos, tomarme lentamente unos tragos, ver el show, y luego, colocar a las damas en fila y escoger la que prometa más desparpajo y solidaridad.
Desparpajo, sí, pues se requiere desparpajo, para entregar hasta el último rincón del cuerpo, con alegría, dedicación y entereza. Mejor sería decir profesionalismo. Todos ustedes saben lo que cuesta acostumbrar a la mujer que se ama a desnudarse plenamente, a permitir que nuestra boca la recorra milímetro a milímetro, a tomar la iniciativa y correspondernos en la misma forma, y demás delicadezas, como la “fellatio”, el “cunnilingus” y etcétera, para los entendidos. Solidaridad, es evidente. Mientras el éxito con cualquier mujer consiste en nuestro sacrificio y su goce, el oficio de la puta es darnos el goce, trabaja para nosotros. Y cuando en una de ellas se dan estas dos condiciones unidas a la sabiduría que da la experiencia es verdaderamente el paraíso terrenal. Miren ustedes, la amada nos exige, primero exclusividad, la puta nos comparte sin celos ni resquemores; la novia nos pide ser triunfadores, es la condición inicial de los procesos de selección natural, la puta nos consuela de las derrotas, que son, entre otras cosas, el fundamento de su empresa, lo que significa que en buena ley siempre tendrá trabajo. ¡Ah, que hay que pagarle!, pues sí, ¿pero acaso a la amante no hay que llevarla a comer, comprarle regalos, sostenerla, invitarla a cine, costear los pasajes de cualquier salida y pagar los hoteles? ¿a la esposa no hay que comprarle apartamento y encima televisor, cama, nevera, lavadora, licuadora, manteles, sábanas y mascotas? ¿no hay que pagarle clínicas, jardines infantiles, colegios y universidades? Una esposa que se respete tiene hijos, una puta respetable los evita. Hagan las cuentas y examinen donde se encuentra la verdadera economía. Piensen quien trabaja para quien. Agreguemos, y me perdonan un esguince en la narración, que la injusticia reina en el mundo.
La especie y la sociedad quieren prolongarse en el tiempo, sin embargo, es de nuestro bolsillo que se pagan los gastos. Dichosos los tiempos futuros cuando sea la especie la que se cuide de los hijos. Dirá el gerente de la entidad reproductora (esto lo intuyó Huxley): señores, la colonización del planeta x que iniciaremos dentro de veinte años requiere doscientas mil personas. Por lo tanto debemos producirlas prontamente, hay que utilizar toda la capacidad instalada. Luego dará las especificaciones, las normas técnicas y todo lo que se requiere para que de las fábricas salgan seres humanos apropiados para las esforzadas tareas de la colonización.
Mientras tanto viviremos tranquilos, sin llanto nocturno, sin gripas, sin vacunas, sin parques llenos de pequeños demonios, sin reuniones de padres de familia en los colegios y sin tener que escurrir nuestros bolsillos para las onces, los uniformes, los libros, las pensiones y todo lo que no menciono y que ustedes viven pagando diariamente, que es el principio fundamental para que se les considere buenos ciudadanos y buenos padres.
Retomemos el hilo. Decía y lo repito, que la puta se da por una tarifa, sin disimulos y sin vergüenza, pero también sin compromisos.
Pongamos un caso muy común.
Cuando llegas a tu casa tienes que rendir cuentas. Cuando llegas al prostíbulo no le debes explicaciones a nadie. Cuando sales de tu casa, debes decir para dónde vas.
Cuando sales del prostíbulo, simplemente te vas y asunto arreglado.
Y algo muy importante que no debe ser olvidado: la puta no te presenta a la mamá ni al papá, ni a los hermanos ni a los primos, lo que quiere decir, que no te obliga a los desesperantes almuerzos de los domingos, ni tienes que poner una cuota para la clínica o el funeral de los suegros, ni debes guardar respetuoso silencio para que el “suegro” se explaye en su sabiduría de la vida o la suegra te regañe y lo más agobiante te dé consejos; tampoco tienes que ayudarle a conseguir empleo a los hermanos ni prestarle plata a los primos ni reunirte en navidades y año nuevo con esa ralea insoportable que se bebe tu trago, se roba los CD, apaga los cigarrillos en los muebles y destruye los tapetes. Y por ninguna razón te ves obligado a hospedar al tarambana de la familia con su mujer gorda y sus niños gritones cuando los expulsan del apartamento por no haber podido pagar el arriendo.
Digámoslo así: La puta no tiene padres. La puta no tiene hermanos. La puta no pide hijos. La puta te da su cuerpo. Y no negocia tu alma. La puta no te pregunta. No te reclama, no te regaña,. No te exige ser puntual. En la llegada a la casa. No te regala medias. No espera de ti que triunfes. No te exige trajes finos. Ni te pide que la invites. A cenar a cine o al campo. No te exige un carro nuevo. Ni un regalo a cada rato .No sufre duras jaquecas .Cuando tus gónadas claman. Y si no puede desnudarse. Te presenta quien lo haga .La puta se queda calla .Mientras tu mujer habla que habla .La puta te sabe alegre .Y hace su oficio con calma.
La puta te sabe triste .Y hace su oficio con calma. La puta sabe qué quieres .Tu mujer lo que ella aguarda. La puta te da su goce. Y si no goza contigo. Fresca se guarda la plata. Y si gozó lindamente. También se guarda la plata. Tu mujer te pide goce.
Y también guarda la plata. Y si no goza contigo se compensa con más plata. La puta no te aconseja.
Ni es la dueña de tu alma. Le basta con su tarifa. Y si te roba es su maña. No los gastos de la casa.
¿Pueden ustedes calcular mayor felicidad que gozar del cuerpo sin alienar ni la libertad ni el alma? Por otra parte, todos hemos consensuado, es la razón de nuestra felicidad presente, que lo más importante son el valor de cambio y la sociedad de mercado. Entonces: ¿por qué seguimos pensando que el amor sea valor de uso?
Tengo miles de otras buenas razones, pero en definitiva la más importante es esta: Comprar el amor a una profesional es como comprar un buen vehículo en un concesionario aprestigiado. Comprar el amor, siempre se compra, a quien no es profesional en el oficio, es como comprar un seguro de vida a un vendedor de cigarrillos.
Créanme. Los buenos tiempos se acercan. Finalmente todos los hombres entenderán que es más barato comprar sexo que casarse, y que es más divertido un show nudista que una visita a la suegra, y más gratificante el sexo cuando uno compra lo que quiere, que cuando paga por lo que ellas quieren y a un costo mayor.En fin, cosas de una moral todavía naturalista. La verdadera moral, la que construye el mercado, pronto no dejará teta sin precio ni pubis falsamente enamorado.
[1] Aquelarre. Revista semestral del Centro Cultural de la Universidad del Tolima. No2. Edición Julio –Diciembre 2002