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Cuento por :JOSÉ ALEJANDRO PINZÓN RÍOS[1]
“Son dos los temas unificadores: la risa y el olvido”. MILAN KUNDERA
No quería hablar del asunto, no obstante unas pocas palabras suyas bastaron para hacerme entender que era cierta la historia que me había impulsado a visitarla en Melilla, ciudad española, situada en un pequeño enclave de la costa marroquí, que constituye, esto me lo explicó ella misma con harto orgullo, un municipio especial con estatuto autonómico propio –“Perdone el pleonasmo, cuando dije ‘autonómico propio’’ quise subrayar que dicho estatuto no fue otorgado por el gobierno central… Pero, mire señor, no quiero ser retórica ni cortante, sin embargo razono necesario establecerle que lo que a usted le interesa no lo considero importante: Resulta descontextualizado, por decir lo menos, que suponga dentro de su Trabajo de Grado mi incidente con los Tukano como una muestra de resistencia ante la aculturación sufrida por su país, al fin y al cabo, todas las religiones orientales filtradas por lo helenístico tienen como centro el éxtasis… Asimismo, muchas verdades están llenas de mentiras… Por eso, no deja de ser una bobada haber dejado mi tarea empujada por algo que en mí ha sido recurrente, casi enfermizo, confundir la emotividad con la dignidad… Si usted insiste, vislumbro que terminará como cierto filósofo frente a las aporías eleáticas, cuando dijo: “Veo la solución, lo que no veo es el problema”, me indicó,
notándosele aún residuos de desconcierto. “Además, en la cosmovisión de los indios tukano del Vaupés–agregó tras una breve pausa, en tono sentencioso y evidenciando incomodidad– el ensimismamiento es emparejado a una caza maravillosa:
Según ellos, sólo han logrado experimentar el tibio abrazo de la bóveda celeste, aquellos que alguna vez se ensimismaron observando la flecha que hería cubriéndose lentamente de sangre”
No me atreví a importunarla más, y me callé. Intentando, mientras me alejaba y como lo aconseja una famosa tradición kantiana, pensar su historia desde sus propios zapatos.
Casi un comienzo sin dioses,
Tuvo la misión asumida, a mediados de la década de los setenta del siglo veinte, por una fascinante española ( hermosa, inteligente y adinerada), de recorrer tierras americanas con el fin de promover entre sus aborígenes los que ella presumía eran los más significativos valores de la civilización occidental.
Aquelarre
Cometido que todavía se recuerda con recelo en algunas regiones de Colombia, país donde inició su gira. Verbigracia, en la Sierra Nevada de Santa Marta, lugar de residencia de los indígenas Kogi, y en donde los adultos suelen reunir a sus jóvenes en las épocas de las lluvias fuertes para, “prevenirlos de hermosas plagas racionales que son producidas por el sereno marino, como aquella encarnada por una deslumbrante mujer extranjera que llegó años atrás a arrancar ideas felices y a sembrar otras sin raíces.“
Determinados así sus amplios y benévolos objetivos, la mujer recorrió con aparente éxito de norte a sur el territorio colombiano.
Hasta cuando arribó al noroeste del Amazonas, geografía de Colombia, y tanteó con los Tukano.
Motivada (más exactamente, enojada) porque dicha comunidad divinizaba los animales, y relacionaba la luna con los nidos de los pájaros y con una bestia amarilla manchada de rosetas oscuras- “Capaz de matar de un salto”
Analizó con rigor la mentalidad colectiva tukana y resolvió concretar su trabajo transmitiendo algunas de las rocosas parábolas de la Biblia –“La Biblia es en lo fundamental un libro poético y ellos parecen aspirar a la poesía: consideran al guacamayo la sonrisa de la selva, eso sí es hermoso“, se dijo.
Para tomarse confianza convino empezar sus lecciones con los niños: Les reveló que hubo un tiempo de desordenados abismos en que todo era nada. Pero que un Dios todopoderoso, con calor y humedad de semilla en su aliento, por medio de ordenes eficaces y de soplos, creó el mundo y sus muchedumbres. …Y los infantes quedaron perplejos.
La mujer apreció que la explicación había sido contundente, suficiente, eficaz, y se sintió de inmediato satisfecha. Incluso se atrevió a conjeturar que aquella comunidad iba a ser fácilmente moldeable–“Como el agua para Lao Tse, estas cándidas almas superan los obstáculos que encuentran adoptando las formas de los mismos“, concluyó….La tarde sólo fue más luz.
Al día siguiente la mujer despertó pletórica de entusiasmo y se animó a ensayar con los mayores.
Reunió un considerable número de expectantes adultos y reanudó sus labores civilizadoras.
Les expuso que el Dios venerado por ella era tan generoso que hasta le había regalado su único hijo a los hombres, para que predicara entre ellos el desprendimiento y la despreocupación por el mañana: les ilustró que al precepto ”Mirad los lirios del campo” bien se le podría considerar una de sus más trascendentales lecciones.
Para complementar lo anterior seleccionó Proverbios 8-22, en donde se cuenta cómo mientras Dios delimitaba sus inquietos océanos, la sabiduría ya se deleitaba jugando con el universo – “cuando trazaba la bóveda de la faz del océano y le ponía puertas a la arrogancia de sus olas, era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia“, leyó enfatizando.
Les habló de un rey muy ecuánime, que solía repartir entre todos sus súbditos y en partes iguales los botines obtenidos en sus batallas triunfantes. No sólo entre los que peleaban, sino también entre los que cuidaban las provisiones, incluso las mujeres. Agregando que en una única ocasión dicho rey optó por entregarle una parte mayor a un soldado que había dejado perder un muro estratégico por estar pensando lo que significaba la sombra de una lanza en la arena (¿Quizá la silueta de una mujer?), explicándole al resto de sus combatientes que procedió así tras comprender que aquel soldado estuvo al mismo tiempo en dos guerras.
Cuando los nativos indagaron sobre los animales existentes en las regiones de arena les describió que el Behemoth era capaz de acallar la cantinela del río Jordán de un solo sorbo; y que de las fauces del Leviatán salían antorchas capaces de convertir el río Amazonas en un caldero hirviente –“Ante él danza el terror“, alardeó de memoria.
Como aquellos hombres le escuchaban con total atención ( ¿acariciados por misterios? ), la ibérica renovó su entusiasmo y decidió dejarlos de cara a la palabra sagrada: Los ubicó en grupos de a cuatro; les proporcionó a cada colectivo un ejemplar de la Biblia (en la traducción de Luis Alonso Schöquel y Juan Mateos, que consideraba era la mejor), les pidió que leyeran por su propia cuenta y se alejó.
Sin esforzarse demasiado parecía que todo le salía bien a la española, sin embargo las cosas comenzaron a cambiar de manera vertiginosa cuando horas después retornó a medir los alcances de su experimento, ya que en medio del camino se encontró con decenas de hojas de papel cebolla que eran arrastradas por las primera brisas nocturnas y que al examinarlas resultaron ser de la Biblia.
La mujer indignada apresuró el paso (“veloz cual jaguar espantado“, cuentan los que la vieron en ese momento), y cuando llegó al lugar donde había dejado a los lectores, se encontró con una situación inesperada que hizo acrecentar su desconcierto.
Los indígenas continuaban leyendo a pesar de que ya importunaba una enorme oscuridad, y ni siquiera notaron su presencia: ajenos por completo a cualquier distracción o complejo de culpa.
Leían maravillados; arriesgando corazón; prestados al deleite; casi anulados mágicamente: con un fervor similar al que le ponían a sus rituales y juegos.
Pero, al terminar de leer cada página realizaban lo que ella al punto presumió era una acción absurda y un irresponsable roce con la blasfemia:
“Esta ya no servir, ya estar leída,” gritaban con inocente júbilo aquellos nativos, arrancaban la página acabada de leer y la arrojaban al viento.
[1] Aquelarre. Revista semestral del Centro Cultural de la Universidad del Tolima. No 1. Edición Enero –Junio 2002